jueves, 29 de diciembre de 2016

El Naturalista Cojo víctima de una broma telefónica en el Día de los Santos Inocentes

Pues eso... Que uno nunca piensa que le puede pasar algo así. Que estas cosas sólo le pasan a otros... Hasta que un día suena el móvil, y al otro lado está la Policia Local. Ahí ya cambia la cosa. Y claro, caes... ¡Como para no caer! Rompemos la dinámica habitual del blog, dejamos a un lado los zorros, las lechuzas campestres, las espátulas, las nutrias ¿o no?, y damos paso a esa otra fauna esquiva, astuta, carroñera y oportunista que se presenta cuando menos te lo esperas, donde menos te lo esperas. Incluso al otro lado del hilo telefónico... (Pincha en la imagen para escuchar el audio)


PD.: César Blanco Árias, Ángela Saa Martínez ¡esto no va a quedar así!
... y gracias Loreto C. por la ayuda prestada ;)

viernes, 23 de diciembre de 2016

Complejo Intermareal Umia-O Grove

El fin de semana pasado tocó visita a uno de los lugares más propicios del norte de la Península Ibérica para la observación de aves: el Complejo Intermareal Umia-O Grove, espacio declarado recientemente como la primera Reserva Ornitológica de Galicia y la mayor de España por la Sociedad Española de Ornitología (SEO/BirdLife).

Con más de 7.000 hectáreas de superficie, este mosaico de playas, dunas, lagunas y marismas está incluido, además, en la Lista de Humedales de Importancia Internacional (sitio RAMSAR) y forma parte de la Red Natura 2000.

Son las 10.15h. de la mañana. Nada más llegar, la sensación de inmensidad es abrumadora. Horizontes amplios de tierra y mar se extienden a ambos lados de la carretera que atraviesa este paraje incomparable. Todo es nuevo para mi. Es la primera vez que vengo a pajarear aquí. De no ser por mi amiga Vanessa, que me acompañó durante toda la jornada e hizo las veces de guía, no sabría por donde empezar. Me dirigí a la conocida playa de A Lanzada, arenal que habíamos escogido como punto de encuentro y de partida de la ruta.

La conocida playa de A Lanzada, de 2,5 km. de longitud. //Manu Sobrino

A Vane y a mi nos unen nuestra pasión por la naturaleza y una forma muy parecida de entender la vida. Ella es una excelente fotógrafa. En su obra, los grandes protagonistas son los odonatos libélulas y caballitos del diablo de los que ha llegado a convertirse en una experta. A menudo disfruto y me empapo con sana envidia de todo lo que sabe. Ahora se ha pasado a la pluma, tratando de identificar cada pájaro que ve. Su curiosidad no tiene fin...

Efectuamos la primera parada en las marismas de O Vao. Al contrario de lo que pensaba, la bajamar sería un inconveniente a la hora de ver e identificar a las aves. Tendríamos que esperar a que subiera la marea. Tan sólo un pequeño grupo de gaviotas que estaba lo suficientemente cerca nos mantuvo entretenidos unos minutos.

A continuación nos dirigimos a la lagoa Bodeira, pequeña laguna de agua dulce a la que se accede a través de una pista no precisamente preparada para sillas de ruedas. Con la ayuda de Vanessa, avanzando muy despacio, y después de superar varios charcos de agua acumulada con las lluvias de días pasados, conseguí llegar hasta allí.

En su interior, nadaban tranquilamente varios ejemplares de ánade real y focha común. Otros permanecían ocultos entra la abundante vegetación palustre, dominada por el sauce y el carrizo. Varios minutos de atención y espera nos permitieron descubrir a un tercer personaje: la ubicua gallineta, que con sus hábitos discretos nos hizo pensar en un primer momento que se trataba del esquivo rascón...

Focha común (Fulica atra) en la laguna de A Bodeira. //Manu Sobrino

Nos pasamos un buen rato contemplando las abluciones de las fochas, capaces de bucear para dar alcance a las plantas acuáticas de las que se alimenta. Por fin, nos animamos a sacar nuestras cámaras y hacer las primeras fotografías. Una enorme garza real sobrevoló nuestras cabezas. Con la delicadeza de un paracaidista, aterrizó en el borde de la laguna.

El vuelo rápido y directo de un cernícalo llamó mi atención a mis espaldas, por encima del cordón dunar que protege la playa Mexilloeira. Aquí fue donde Vanessa localizó, el 9 de noviembre, al raro Podiceps auritus zampullín cuellirrojo cita celebrada por todos los birders gallegos. Instantes después apareció otro cernícalo, probablemente la pareja del primero. Ambos mostraban una evidente actitud de caza, ejecutando su espectacular vuelo cernido antes de caer con sus garras sobre algún reptil o insecto despistado.

Como dato curioso quizá más preocupante que curioso hay que decir que tuvimos ocasión de observar a varias libélulas del género Sympetrum en el entorno de la laguna. Incluso una pareja acoplada en tandem como me explicó Vane centrada en la puesta de huevos... ¡en pleno mes de diciembre!

Cernícalo vulgar posado en las inmediaciones de A Bodeira. //Manu Sobrino

Entretando, los patos dormitaban y las rapaces se habían marchado, así que decidimos retirarnos. En el camino de vuelta, nos topamos con dos de los nuestros. Eran Juan Gómez y Juan Carlos Epifanio, a los que hasta ese momento sólo conocíamos vía WhatsApp. Nos presentamos y comenzamos una animada charla. Hablamos, entre otras cosas, de las amenazas que comprometen el futuro de esta y de otras zonas húmedas. Y por supuesto de las criaturas que las habitan. Amenazas que llegan "por tierra, mar y aire", comentaba Juan Carlos. En A Bodeira ya no crían con tanta frecuencia las gallinetas, las fochas o los zampullines. "La gente trae a sus perros a bañarse aquí", aseguraba Epifanio. Lo mismo sucede con el chorlitejo patinegro, que a duras penas consigue sacar adelante a sus pollos en playas como A Mexilloeira.

Actividades de ocio como el surf o embarcaciones a motor como lanchas o motos de agua perturban la sagrada tranquilidad de las aves. Las molestias humanas derivadas del turismo descontrolado ponen en riesgo la supervivencia de muchas especies, hasta el punto de hacerlas desaparecer completamente.

Uno de los objetivos de mi viaje a O Grove, y en definitiva, de cualquier salida al campo, era ver especies nuevas. Concretamente dos: el colimbo grande y el ánade rabudo. Afortunadamente para nosotros, nuestros colegas sabían donde encontrar la primera de ellas, y amablemente se prestaron a guiarnos hasta allí. Tenían localizados 3 ejemplares en el extremo norte de A Lanzada, cerca de Punta Raeiros. Y hacia allí nos dirigimos. Cuando llegamos al punto de observación, desde donde se dominaba una considerable porción de mar abierto, peinamos a conciencia aquella zona.

Uno de los cuatro colimbos grandes que pudimos observar. //Manu Sobrino

Juan Gómez y Epifanio no tardaron en encontrar a uno de los Gavia immer. Vane y yo, con la vista menos acostumbrada, estábamos un poco más perdidos. Una vez más, fue gracias a la ayuda de nuestros compañeros y sus potente teleobjetivos como pudimos ubicarlos. Enseguida advertimos la dificultad de diferenciar a los colimbos de sus vecinos los cormoranes. Estos, con el plumaje completamente negro; aquellos, con la garganta y partes inferiores de color blanco. La técnica de pesca tampoco ayudaba a distinguirlos. Las dos especies capturan a sus presas varios metros por debajo de la superficie.

Sin tiempo para más, Gómez y Epifanio se vieron obligados a irse. Era hora de comer. Nosotros, ensimismados con los colimbos, habíamos perdido totalmente la noción del tiempo. A pesar de todo, queríamos seguir, y seguimos hasta que logramos hacer buenas fotos. En una de ellas puede verse a un grupo de cuatro individuos nadando juntos.

Se nos echaba la tarde encima. Cuando nos dimos cuenta era las cuatro menos cuarto... ¡Y no habíamos probado bocado en todo el día! Quedaban como mucho dos horas buenas de luz, así que no perdimos un segundo. Compramos un bocadillo y un sandwich para llevar y seguimos a lo nuestro...

El siguiente alto en el camino nos llevó hasta la antigua fábrica de tejas de Vilalonga, en el concello de Sanxenxo. Sin embargo, aquí tampoco tuvimos suerte. Apenas un inquieto andarríos y alguna cerceta descansaban a este lado de la ría. Pero Vane me reservaba lo mejor para el final...

El cansancio empezaba a hacer mella. El hambre también. Pero sólo éramos conscientes de ello cuando ojeábamos la pantalla del teléfono móvil. En otras circunstancias estaríamos agotados. Pero no hoy. No ahora... ¿Cómo íbamos  a estarlo, rodeados como estábamos de tanta belleza, de tanto por descubrir?

El espectacular ánade rabudo, flanqueado por un macho de ánade azulón
y una hembra de su misma especie. //Manu Sobrino

De vuelta en la ensenada de O Vao, fuimos testigos del insólito 'Desfile Otoño-Invierno Fashion Anatidae 2016'. Cientos de patos vestidos con sus mejores galas caminaban sobre aquella peculiar pasarela de agua y limo empujados por la pleamar. Vane y yo disfrutábamos del espectáculo desde nuestra privilegiada posición en primera fila, o lo que es lo mismo, desde el arcén de la Nacional PO-316, que ofrece excelentes vistas a la ensenada.

Un variopinto despliegue de formas y colores cubría aquel escenario. El gordo y rechoncho ansar común, como no daba la talla, asistió al evento como espectador. Mientras tanto, Vane y yo, cual verdaderos críticos de moda, comentábamos las propuestas para esta temporada. Pasaba desapercibido el estilo sobrio y discreto del ánade friso; el azulón apostaba por la clásica combinación verde brillante con irisaciones en su cabeza y un bonito adorno de plumas negras y rizadas en la cola; el llamativo tocado del silbón europeo, de color amarillo, contrastaba con las tonalidades rosadas de su pecho. Pero sin ninguna duda, el diseño más arriesgado, el top model de los patos, era el ánade rabudo. Su look fue el más aplaudido por el público.

A medida que el sol descendía por el oeste, un manto de oscuridad se proyectaba por el este, apagando tras su marcha el lustroso plumaje de las aves, que se disponían a pasar la noche en apretados bandos. Inevitablemente, llegó el momento de la despedida. Regresamos al parking de A Lanzada, donde tenía estacionado mi coche. Las espectativas se habían cumplido con creces para mi, y así se lo hice saber a Vanessa, hacia la que sólo tengo palabras de agradecimiento. Pronto nos veremos otra vez...

jueves, 22 de diciembre de 2016

Sexta cita de nutria en el estuario del Miño

Cada fotografía, cada vídeo, cada observación, documentada o no, que podamos aportar de esta especie amenazada, tiene un enorme valor. Cada nueva cita de nutria en nuestras aguas viene a confirmar que esta preciosa criatura ha vuelto para quedarse.

Estamos en el siglo XXI. Ya no podemos justificar su muerte como antes. Ya no podemos decir que ignorábamos el papel vital  que desempeña en el frágil equilibrio de la naturaleza. Ya no podemos acabar con su vida de un tiro por placer; ni siquiera para defender los intereses del sector pesquero. Porque hoy sabemos que allí donde hay nutrias, hay peces para todos. Porque hoy entendemos que la nutria es el mejor aliado para combatir especies invasoras como el visón o el cangrejo americanos.

Esta tarde quiso demostrarme que sigue aquí, fuerte, vigorosa, que lucha por sobrevivir día a día en un mundo que sigue siendo hostil para ellas. Hoy se ha dejado ver entre los patos, bailando con el río, emergiendo a cada rato para volver a desaparecer bajo la superficie. Por momentos, creía haberla perdido, pero volvía a emerger con un escurridizo pez que en ocasiones se le escapaba entre las garras...

Ellos son los únicos que la temen. El agua se estremecía a su paso. Eran los atemorizados peces, que sin duda asustados por la irrupción de su mayor enemigo, se juntaban en apretados bancos como único sistema de defensa. Cuando daba alcance a uno de ellos, aprovechaba las extensas lenguas de arena que dejaba al descubierto la marea para consumirlo tranquilamente. Entonces, la gracia se convertía en torpeza, y su perfecta adaptación al líquido elemento resultaba una clara desventaja a la hora de moverme en tierra firme.

En fin... Mucho mejor que mis palabras será que veáis este vídeo. Uno de los muchos que pude hacer antes de que la noche pusiera punto y final al espectáculo. ¡Ah, por cierto! No tengo Parkinson, soy muy joven para eso... Pero las imágenes fueron tomadas a más de 200 metros de distancia y con muy mala luz. Por no hablar de la emoción del momento, perfectamente reflejada en mi pulso...


lunes, 21 de noviembre de 2016

"=A", el colorao galaico-portugués

"Netta rufina con placa nasal no esteiro do Miño. Distante..."― El pasado día 6 de noviembre recibía en mi teléfono móvil este interesante mensaje vía WhatsApp. El remitente era Rafa Salvadores, uno de los muchos colegas pajareros de los que recibo puntual información sobre las aves que aparecen tanto en el Baixo Miño como en el resto de la geografía gallega.

En esta ocasión se trataba de un pato colorado, del que no pudo leer la inscripción que llevaba en su pico debido precisamente a la enorme distancia que le separaba del animal.

Decidido no solo a observarlo con mis propios ojos, si no a hacerlo lo suficientemente cerca como para poder verificar así su lugar de procedencia, centré mis esfuerzos en localizarlo. No fue difícil. Cuatro días después, el 10 de noviembre, lo vi en la zona conocida como Forno do Duque, lejos de donde había sido visto por vez primera.

Aquella jornada, varios cientos de aves se congregaron en el río. Ánades reales, los más abundantes; frisos, fácilmente detectables por su peculiar forma de alimentarse, dejando medio cuerpo fuera del agua mientras introducen la cabeza dentro de ella, adoptando una posición totalmente vertical; grupos de silbones que no paraban de silbar; y las pequeñas cercetas, especie que me alegró observar especialmente. La población invernante en la ZEPA Estuario del Miño se reduce cada vez más... 

"=A", el pato colorado marcado en Aveiro (Portugal). //Manu Sobrino

Zarapitos, chorlitos, garzas, cormoranes, garcetas, correlimos, archibebes, e incluso un par de avefrías, completaban este impresionante y biodiverso inventario ornitológico, antesala de un frío que no acaba de llegar.

Y entre todos ellos, una preciosa patita, pues el esperado pato colorado que estaba buscando no era un macho, si no una hembra. Era realmente bonita. Menuda, elegante, de cuerpo compacto y plumaje discreto, nadaba tranquilamente entre pausa y pausa para alimentarse de plantas acuáticas.

Me pasé prácticamente una hora vigilando sus movimientos e intentando realizar buenas fotos. Y aunque en un primer momento por culpa de los "nervios del directo" y el tremendo contraluz de la mañana fui incapaz, finalmente conseguí varias imágenes que me permitieron descifrar el código de identificación.

Recurrí entonces a la persona que todos recurren en estos casos. Antonio Gutierrez, gran naturalista, experto en gaviotas y uno de los que más sabe de anillas en este país. Él me ayudó a despejar la incógnita.

"=A", podía leerse en letras negras bien visibles sobre fondo blanco. No podía estar más satisfecho con mi trabajo. Había localizado al primer Netta rufina de mi vida, y además, con "DNI".

"=A" el 01/12/2015, día en el que fue marcado en las Dunas de Sâo Jacinto.

Pero a nuestro protagonista no le hacía falta documentación ni papeleo alguno para volar de un país a otro. A falta de conocer su historial vital, una vez tramitados todos los datos, Antonio ya sospechaba que el ave procedía del vecino Portugal, concretamente de las Dunas de Sâo Jacinto, en Aveiro. Aserto que se confirmaría varias horas más tarde.

"=A" fue marcado como joven el 01/12/2015, como decía, en la Reserva Natural das Dunas de Sâo Jacinto, por el ornitólogo luso David Rodrigues. Allí permaneció hasta el 04/02/2016, fecha a partir de la cual se pierde su pista. Nueve meses y 200 kilómetros después, la anátida recalaría, por fin, en A Guarda, donde al parecer todavía continúa. El martes 15 fue visto varios kilómetros río arriba, ya en el concello de O Rosal, por Juan Pita.

Pero no quería terminar este artículo sin antes lanzar una reflexión. La utilización de sillas, discos o placas nasales para el seguimiento científico de aves, principalmente acuáticas, plantea un debate ético. ¿Hasta que punto es necesario? ¿Resulta incómodo para el animal?

En esto, como en todo, hay disparidad de opiniones, y los expertos no se ponen de acuerdo. Lo cierto es que no pude evitar sentir lástima por "mi" colorado. Pude comprobar como, en ocasiones, las plantas verdes que consumía se enganchaban en aquel artefacto de plástico duro. Sufría de verdad dándole vueltas a este tema...


El anillamiento con fines científicos es tan viejo como la misma ornitología. Aristóteles pensaba que las golondrinas pasaban el invierno hibernando en el fondo de los lagos. En 1822, el hallazgo en la región de Mecklemburg (Alemania) de una cigüeña con su cuello atravesado por una lanza de origen centroafricano supuso la primera prueba de que estas grandes zancudas migran al continente negro(1).

Sólo mediante la aplicación de las modernas técnicas de marcaje y estudio se han llegado a conocer a la perfección los viajes de las aves. A este argumento me agarraba yo para justificar la mínima molestia que ocasionaría al pato portar aquella "pulserita".

Seguramente consciente de la ilusión que me haría, Antonio tuvo el detalle de enviarme una fotografía de mi joven amiga el día en que fue marcada. Tengo que admitir que se me caía un poco la baba. "=A" se había convertido ya en una suerte de hija adoptiva con plumas. Espero que esta no sea la última vez que nos veamos...

(1)Sandoval. A. ¿Para qué sirven las aves? Tundra Ediciones, 2015

lunes, 31 de octubre de 2016

Búho campestre: los ojos de la noche

El pasado jueves fue día de caza en la sierra de A Groba. Y eso se notó en el escaso número de observaciones: un chochín, varias lavanderas blancas, apenas un par de alondras, y el reclamo chirriante e inconfundible de la curruca rabilarga, que seguramente andaría escondida entre algún matorral. Eso fue todo.

Había venido a por los chorlitos dorados, pequeñas joyas aladas que en esta época vuelan hacia el sur de Europa procedentes del norte del continente, de la lejana tundra. Huyen del frío invierno de aquellas latitudes.

Sabía perfectamente que el ruido de los disparos y el trasiego de coches, perros y personas pondría en fuga a la mayoría de las aves. A pesar de todo quise intentarlo. Estos montes a menudo guardan grandes sorpresas esperando a ser descubiertas. 

Pero los peores augurios se estaban cumpliendo. Completé mi trayecto de campeo habitual en menos de una hora. En otras circunstancias me hubiera llevado más tiempo, pero no valía la pena esperar más. La sierra estaba triste, vacía, sin vida...

Resignado, pensando que quizá hubiera sido mejor quedarse en casa, decidí bajar hasta el aparcamiento en el que tenía estacionado mi coche, y en el que minutos después me reuniría con mi amigo Carlos, con el que había quedado previamente. Eran las 19.00 h. de la tarde, momento en que también los cazadores empezaron a recoger.

Búho campestre observado el pasado jueves en A Groba. //Manu Sobrino

Dando voces, demostrando una vez más su falta de respeto por todo y por todos, hablaban a gritos los unos con los otros. Mientras tanto, uno de sus perros se divertía jugando y persiguiendo a una vaca ante la despreocupada mirada de su dueño. Si son capaces de hacer eso con un animal tan corpulento, ¿qué no harán si se topan, por ejemplo, con un grupo de los pequeños y frágiles chorlitos dorados? Mejor no pensarlo...

Poco a poco la sierra se fue quedando en silencio. Los de la escopeta se habían marchado, por fin. Tras varios minutos tratando de comunicarme con Carlos, lo vi llegar a lo lejos. Nos saludamos y comenzamos una animada conversación que se prolongaría durante los siguientes 45 minutos. 

De repente, mis palabras se vieron interrumpidas por las de un sorprendido Carlos:

"¡¿Qué es eso!?", preguntó señalando con el dedo una zona concreta a mis espaldas. Rápidamente me giré para comprobarlo.

"Parece un ratonero", me dijo. "¡Ah no, es una lechuza campestre!", rectificó. Con la ayuda de prismáticos pude apreciar claramente el vuelo magestuoso de la lechuza, así como la faz achatada del ave, rasgo común a todos los búhos.

No es raro observar al búho campestre durante el día. Se trata de la
rapaz nocturna más "madrugadora". //Manu Sobrino

Pocas veces desenfundé la cámara tan rápido como en esta ocasión. Llevaba mucho tiempo esperando verlo, y mucho más todavía fotografiarlo. Pero la suerte estaba de nuestro lado. La rapaz fue a posarse en el punto más elevado de una loma de piedra y toxo, a 150-200 metros de nuestra posición. Las últimas luces del atardecer incidían directamente sobre el cuerpo del animal, añadiendo mayor atractivo a la escena.

A diferencia de los demás miembros de su familia, la curuxa manifiesta hábitos parcialmente diurnos, por lo que no es raro sorprenderla durante el día. El búho lleva el sol en sus ojos; el búho enciende la noche con su mirada. Y sus presuntas presas principalmente pequeños roedores lo saben muy bien.

Finalmente, la enorme rapaz alzó el vuelo y desapareció tras el altozano, dejando en nosotros un recuerdo imborrable y varias fotografías que guardaremos para siempre. Poco después nos despedimos, emplazándonos para la próxima cita con el campo y las aves.

Pero sería un mamífero el encargado de poner el broche de oro a la jornada. En el camino de vuelta a casa, un zorro atravesó la carretera varios metros por delante de mi coche, deslumbrado y seguramente asustado por los faros del vehículo. 

A veces pienso que la naturaleza pone todo el empeño en desvelar sus secretos a aquellos que, como yo, nos acercamos a ella con respeto y admiración...

lunes, 17 de octubre de 2016

Obradoiro de fototrampeo

El pasado fin de semana tuve la ocasión de asistir, acompañado de mi buen amigo César, al primer obradoiro de fototrampeo impartido por la Asociación Naturalista Baixo Miño (ANABAM). De la mano de Noé Ferreira Rodríguez, excelente divulgador, fuimos conociendo los detalles de este ambicioso proyecto que tiene como objetivo profundizar en el conocimiento de la fauna del Baixo Miño, prestando especial atención a los mamíferos carnívoros presentes en la comarca.

Un extenso territorio de 322,4 km2 dividido en casi 400 puntos de muestreo cubiertos por un equipo de 9 cámaras de fototrampeo. Estas son las mareantes cifras de un estudio pionero en Galicia. Estudio que se sostiene gracias al esfuerzo y entusiasmo de un grupo de personas que ha sido capaz de demostrar que con poco se puede hacer mucho.

Un proyecto joven (comenzó su andadura en la primavera de 2014) que ya empieza a arrojar los primeros resultados. Por ejemplo, la constatación de que es precisamente en las últimas manchas de bosque autóctono y bien conservado que nos quedan apenas el 12,5% del área total analizada donde se refugia una mayor diversidad de especies.

En base a estos y otros datos se ha podido determinar cuales son los 'hot spot' (puntos calientes) de biodiversidad en cada uno de los cinco concellos que abarca la región. Valiosa información que puede constituir el soporte para futuros planes de conservación. De ahí la importancia de este trabajo y su continuidad a largo plazo.

De izq. a dcha., Noé Ferreira, Manuel Sobrino y César A. Blanco Arias

Bajo un cielo encapotado que acabó descargando agua, nos contaba Noé las dificultades que han tenido que superar para sacar adelante el proyecto. La falta de medios, de tiempo y de ayuda podrían tirar por tierra dos años y medio de empeños e ilusiones. Y nunca mejor dicho lo de "empeñarse", pues todos los gastos generados son cubiertos por ANABAM y las aportaciones de sus socios.

Pero también hay motivos para alegrarse. Maravillados por la belleza de un raposo fotografiado cuatro días antes por uno de los dispositivos, comentamos alguna de las más de 25.000 imágenes obtenidas hasta la fecha. Jabalíes, ginetas, garduñas, tejones e incluso tres corzos han sido captados por las cámaras en algún momento. 

¡Cuantas sorpresas nos deparará esta aventura, que no ha hecho nada más que empezar! Soñamos con la vuelta del lobo ibérico a estos montes, de los que fue arrancado a finales de los años 70.

Tres horas despues, César y yo nos despedimos de Noé, encantados con la experiencia y con ganas de repetir. Resuena el eco terrible de varios disparos en el valle. Cazadores... Nos vamos con la sensación de que todavía queda mucho por hacer...

¿Quieres colaborar? Hazte socio de ANABAM entrando en www.anabam.org. Más información sobre el proyecto de FOTOTRAMPEO BAIXO MIÑO en www.fototrampeobm.wordpress.com.

Fotografía de zorro observada durante la actividad. //ANABAM

jueves, 13 de octubre de 2016

Récord de espátulas para el estuario del Miño

En los últimos años viene siendo habitual la presencia de la espátula común (Platalea leucorodia) en este espacio natural transfronterizo. Si bien, el número de aves que nos visita suele ser reducido, no sobrepasando en ningún caso los 10 individuos. Pueden aparecer en cualquier época del año, siendo el invierno la más propicia para su observación.

Lo que ya no resulta tan frecuente es la insólita concentración que se dio en la tarde de ayer. No daba crédito  a lo que estaba viendo. Hasta tal punto, que tuve que hacer el recuento varias veces. 19 espátulas se habían congregado frente a mi, probablemente la mayor agrupación de estas zancudas jamás registrada en el estuario del Miño. 

Dediqué muchos minutos a su contemplación. Un verdadero regalo para la vista. Las aves, extraordinariamente gregarias, formaban un apretado conjunto. En un momento dado, tres de ellas decidieron separarse y hacer compañía a un bando de azulones, entre los que había algunas cercetas. Una apática avefría, la primera de la temporada, observaba despreocupada a sus vecinos...

Marchaban juntas las espátulas, en fila india o en paralelo, moviendo al unísono sus cabezas de lado a lado, vadeando sobre el limo del fondo hasta que el extremo de sus largos y sensibles picos detectaba el movimiento de algún pececillo o pequeño invertebrado. 

Pude realizar varias fotos y vídeos antes de que la oscuridad de la noche lo cubriera todo. Aquí tenéis parte de ese material:

Buena parte del grupo de espátulas observado ayer. //Manu Sobrino

Espátulas alimentánse. //Manu Sobrino "El Naturalista Cojo"



martes, 11 de octubre de 2016

Nueva cita de nutria en el estuario del Miño

Y ya van cinco en mi "cuenta particular" desde que el 12 de junio de 2015 tuviera la suerte de observar por primera vez, de manera fugaz, a este precioso mustélido. 

La última se produjo ayer mismo, sobre las 19.45h. de la tarde y bajo un cielo plomizo, cubierto por completo de nubes... La temperatura era agradable, y el río formaba pequeños arenales que quedaban al descubierto con la bajamar. Sobre uno de estos cúmulos descansaba tranquilamente un nutrido grupo compuesto de azulones y cercetas, las primeras del invierno. El pequeño tamaño de estas contrastaba visiblemente con el corpachón de los ánades reales, mucho más grandes. 

La gran distancia que me separaba de las aves no dificultó, sin embargo, la identificación de un inesperado visitante. Una masa oscura, grande y alargada serpenteaba despacio entre los patos. ¡La nutria! pensé inmediatamente. El paso del mamífero, centrado en sus labores de pesca, apenas provocó reacción alguna en las anátidas. Ni se inmutaron. 

Con los prismáticos en la mano y la cámara guardada en la mochila, me asaltaron las dudas... Quería documentar el momento, como hago siempre que puedo, pero tenía miedo de perderla de vista. Cuando por fin consideré que no se escaparía, desenfundé mi P900 y empecé a grabar. 

Tratando de mantener el pulso, logré captar los últimos instantes de la escena. Fue gracioso comprobar la torpeza de "la señora del río" fuera de su medio habitual, el acuático. Al trote, con un pez en la boca, cruzó apresuradamente la estrecha lengua de arena que une el río con la cercana marisma, en realidad una de las islas que dan forma al estuario del Miño. Allí, a salvo de miradas indiscretas, daría buena cuenta de su presa. 


jueves, 15 de septiembre de 2016

La laguna de la muerte

Tenía ganas de compartir estas fotografías... Y pido perdón de antemano por lo duras ―y hasta cierto punto desagradables― que pueden resultar para el lector. Pero podéis estar tranquilos. No me he vuelto loco de la noche a la mañana. No es que disfrute con la muerte de seres tan hermosos como las serpientes... No.

Desde el mismo momento del nacimiento de este proyecto que he dado en llamar El Naturalista Cojo, he intentado seguir una línea marcadamente positiva en todas y cada una de mis publicaciones. Pero hay cosas ante las que uno no puede permanecer indiferente, aunque ello implique desviarse por un momento del camino preestablecido.

Las imágenes que veis corresponden al pasado sábado 27 de agosto, día en el que decidí visitar una pequeña laguna ubicada en la localidad pontevedresa de O Rosal.

El panorama que me encontré nada más llegar fue desolador: el agua, teñida de amarillo, evidenciaba una grave contaminación, con toda seguridad por pesticidas. La laguna, aparente oasis  de vida en medio de una enorme extensión de viñedos, ocultaba la muerte en su interior. Latas de refrescos, bolsas de plástico y otros desperdicios aparecían esparcidos aquí y allá entre los pinos que se levantaban por todo el perímetro. Era como un horrible presagio de lo que estaba por venir...

Detalle de la cabeza de una de las culebras. //Manu Sobrino

Sin embargo, pude constatar que incluso en este ambiente insano y de completo abandono lograban sobrevivir varias especies de libélulas, anfibios y pequeños pececillos. Cómo era posible, me preguntaba yo...

Concentrado en la obtención de datos y fotografías sobre la laguna, no reparé en el único sonido que rompía la tranquilidad del lugar. Un incesante y molesto zumbido que procedía de unos arbustos situados justo detrás de mi.

Me di la vuelta esperando ver alguna mosca o bicho similar. Pero lo que vi a continuación me dejó completamente helado. Había moscas, si. Moscas de diferentes especies. Junto a ellas, varias avispas comunes revoloteaban en torno al cuerpo sin vida de una pequeña culebra, enroscada y colgada a conciencia sobre una rama. La escena era de película de terror.

Pero una observación más detallada me permitió comprobar que no era uno, si no dos, los ofidios dispuestos en aquella posición. Pude distinguir dos cabezas y dos colas.

No había lugar a dudas. Los animales habían sido asesinados y sus cadáveres colgados en una especie de broma macabra.

Las dos culebras colgadas. //Manu Sobrino

Determinar la identidad de los reptiles no fue tarea fácil dado el grado de descomposición que presentaban. Finalmente, con la inestimable ayuda de mis amigos de Colectivo Matogueira, concluimos que se trataban de dos pobres culebras de collar (Natrix astreptophora), especie típicamente ligada a medio húmedos, aunque también podemos encontrarla en prados y campos de cultivos.

Produce enorme tristeza ―e inquietud― pensar que vivimos rodeados de personas capaces de hacer algo así. Sufren estas criaturas las nefastas consecuencias del bien llamado "racismo zoológico", que no es otra cosa que el odio irracional e injustificado hacia todas aquellas especies que no nos gustan, nos dan miedo o, directamente, nos estorban. El destino de todas ellas es siempre el mismo. Morir.

Pero esto es otra cosa... Aquí el miedo o la ignorancia juegan un papel secundario. ¿Qué puede entonces haber llevado a alguien a exhibir de esta manera a las serpientes?

Lobos, zorros, jabalíes e incluso perros  ―si, perros―  son víctimas habituales de este sin sentido. ¿Qué expresan este tipo de comportamientos? ¿Cúal es su finalidad? ¿Acaso reflejan cierto nivel de psicopatía?

viernes, 26 de agosto de 2016

Manifestaciones de lo espontáneo

Vivimos en un mundo en el que todo está perfectamente calculado, medido, programado... Hemos modificado y alterado nuestros biorritmos y los de la propia naturaleza a nuestro antojo. Todo lo que hacemos tiene un porqué, un cuándo, un dónde. Estamos localizables las 24 horas del día. Somos exclavos de la tecnología más puntera. Vivimos en cárceles de asfalto y hormigón, cumpliendo una pena a perpetuidad que nos hemos autoimpuesto.

En este contexto, quizá el último atisbo de libertad lo encontremos en las múltiples manifestaciones de la vida en la naturaleza. Y qué puede haber más libre, más salvaje, más evocador, que el paso sigiloso de un zorro entre las sombras; el paso de ese raposo que no conoce fronteras físicas ni políticas; el paso de un animal que ha logrado llegar hasta nuestros días a pesar de la tremenda persecución a la que ha sido sometido por los siglos de los siglos?

El hombre añora su libertad perdida. Sabe que nunca volverá a recuperarla. Quizá por esta razón intenta arrebatársela al zorro (como a tantas otras criaturas a las que hemos empujado hacia el abismo) por todos los medios a su alcance.

Pareja de zorros observada el 19 de junio en Valença. //Manu Sobrino 

'Maese raposo' es un animal extremadamente inteligente. Por eso huye de las personas. Le va la vida en ello. Pero el zorro también tiene amigos. Personas cuyo único arma es una cámara fotográfica. Personas cuya única intención es la de capturar un instante en la vida cánido.

Aquel día fue especial. Valença do Minho me reservaba uno de esos momento mágicos. Las fértiles veigas de Ganfei escondían celosamente su tesoro.

Era un día de calor casi insoportable. El sol pegaba con fuerza aquella tarde de junio. Recuerdo que fue una jornada un tanto frustrante. Eran las 19.30 h. y apenas había "cazado" un alcaudón dorsirrojo. Para colmo, un zorro disfrazado de gato quiso jugar conmigo al despiste. ¿Cómo imaginar que un Vulpes vulpes había decidido de pronto exponerse a todas las miradas? Tratando de hacer zoom con mi P900, tras comprobar con la ayuda de prismáticos que efectivamente se trataba de un zorro y no de un gato, perdí de vista al esquivo animal. Tan pronto como llegó, se esfumó...

Uno de los animales transportaba una presa entre sus fauces. //Manu Sobrino

Verdaderamente cabreado con la situación, me dispuse a esperar sentado (en mi silla, claro) su regreso, si es que este se producía... Una de mis pocas virtudes es la paciencia. Y cuando más lo necesitaba, esta dio sus frutos. 

Faltaban cinco minutos para las 20.00 h., cuando no una, si no dos figuras pequeñas y alargadas emergieron de entre los árboles, situándose en el límite entre las tierras de labor y el monte que ofrece cobijo y protección a estos animales. Tratando de conservar la calma, acerté a encender la cámara para hacer algunas fotos. No sabía el tiempo del que iba a disponer, así que reaccioné lo más rápidamente que los nervios me permitieron.

Sorprendentemente, los zorros parecían tranquilos, relajados, ajenos a mi presencia. Sólo 150 metros me separaban de ellos. Pueden parecer muchos, pero es una distancia insignificante para los agudos sentidos de un zorro. De dos, en este caso... Marchaban uno detrás del otro. Despacio, sin prisas... El más adelantado llevaba algo en la boca. Probablemente su próxima comida. 

Así abandonaban los dos raposos el lugar... //Manu Sobrino

Su larga y poblada cola contrastaba con el corte perfecto del resto del cuerpo. Lucían su look de verano. Un corte que dejaba al descubierto sus grandes orejas. El afilado hocico fue otro de los rasgos que llamó poderosamente mi atención.

Sin tiempo para más, fueron abandonando poco a poco la escena. Un alto y apretado tapiz de gramíneas hizo las veces de telón, tras el cual los dos raposos desaparecieron para siempre.

Pero el impacto de aquella observación todavía perdura en mi memoria. Son los dos primeros zorros, los últimos hasta la fecha, que he visto a orillas del Baixo Miño. Algún día os narraré mi primer encuentro con este animal... Hasta entonces, solo espero que sigan conservando su esencia, su significado... En otras palabras, su libertad. ¿O acaso la han perdido ya?

martes, 12 de julio de 2016

¿Se divierten jugando las cornejas?

Una corneja cenicienta se divierte deslizándose por el tejado nevado de una casa cualquiera. Para ello se sirve de una herramienta que hace las veces de esquís, y que transporta en el pico hasta la parte más alta del tejado para lanzarse sobre ella una y otra vez... Casi dos millones de personas en todo el mundo han visto estas insólitas imágenes, y el vídeo ya se ha hecho viral en internet.

Una situación parecida a la que acabo de narrar la viví yo mismo la tarde del 27 de noviembre de 2015 en el estuario del Miño. Me encontraba grabando a una pareja de espátulas que descansaba en la zona conocida como Forno do Duque. De pronto, tres figuras negras irrumpieron en escena. Eran cornejas comunes. Una de ellas, la más envalentonada, se acercó sigilosamente por la espalda a una de las espátulas, que ajena a lo que estaba a punto de suceder, dormitaba tranquilamente. 

La corneja acortó distancias hasta situarse a pocos centímetros de su objetivo. Ahora la tenía al alcance de su pico, pero parecía dudar y tanteaba a su víctima sin demasiada convicción. Su cautela estaba perfectamente justificada. El picotazo de la zancuda podría causarle mucho daño. Tras unos segundos en los que parecía reflexionar, por fin se decidió a atacar. Quien sabe con qué intención, el córvido intentó picar sin éxito las plumas caudales de la pobre espátula. 

Se retiró de nuevo, pero no tardó en volver a la carga, esta vez con paso firme. Sin mediar palabra mordió la cola de la espátula, que reaccionó enfurecida abriendo desmesuradamente su enorme pico. Entretanto, la corneja se alejó como si nada hubiera pasado...

Esta escena se repitió en varias ocasiones. Actuando como si de una pandilla de adolescentes gamberros se tratara, las cornejas acosaron sin piedad a los pacientes cullereiros.

Los córvidos se cuentan entre los animales más inteligentes del planeta. Su extraordinaria capacidad de adaptación a los cambios, su indiscutible arrojo y sus hábitos estrictamente gregarios los convierten en una de las familias de aves más exitosas. Su carácter lúdico y juguetón constituye otra prueba más de lo que acabamos de decir... ¿Cómo explicar si no las siguientes imágenes?



lunes, 27 de junio de 2016

La merienda del lagarteiro

Ignoraba si el elanio azul o común (Elanus caeruleus) pasaba con nosotros los meses fríos. Lo que si sabía era que esta pequeña falcónida llevaba ―y todavía lleva― varios años viviendo y criando en las fértiles veigas de Valença do Miño, al otro lado de la frontera que marca el gran río. 

El 28 de febrero era un día ventoso, con más nubes que claros y poco propicio para pajarear. Sin embargo, llevaba mucho tiempo sin visitar aquella zona, y ya tocaba volver.

Con poca motivación y bastante desgana crucé el puente que separa las localidades de Goián y Cerveira. No daba un duro por ver al lagarteiro. En realidad no daba un duro por ver absolutamente nada... Quince minutos después había llegado a mi destino: una enorme extensión de tierra dedicada en gran parte al cultivo de maiz y delimitada en su cara oeste por un frondoso y bien conservado bosque de ribera.

No tardé en registrar las dos primeras observaciones. Una pareja de miñatos que, como queriendo animarme, volaba en círculos sobre la vertical de mi coche. No era nada nuevo. El ratonero abunda por aquí, así que apenas levanté la vista unos segundos mientras conducía pausadamente siguiendo la pista principal que atraviesa los campos.

El elanio común es una rapaz originaria de África que en las últimas décadas
ha experimentado una espectacular expansión. //Manu Sobrino

Varios cientos de metros en línea recta se encuentra el desvío que, en forma de 'U' invertida, bordea el territorio de caza del elanio común. Pero este último tramo lo haría desde mi silla de ruedas, con el fin de minimizar posibles ruidos o molestias que pudieran asustar a los ya de por si huidizas rapaces.

Rodaba sin prisa, viendo y escuchando, rodeando lentamente la propiedad de las aves. A medio camino decidí detenerme, y un rápido barrido con los prismáticos me permitió localizar al primer individuo. Se cernía con suprema elegancia por encima de una maraña de árboles y arbustos de pequeña talla. Instantes después desaparecía, engullido literalmente por la apretada vegetación. 

Estaba contento. Fue llegar y besar el santo. "¡Al final voy a tener suerte!", pensé. De un plumazo (y nunca mejor dicho) se había despejado la incógnita. El elanio es una especie residente, es decir, no realiza migraciones estacionales. Permanece todo el año en un determinado lugar si este le proporciona seguridad y alimento en abundancia.

Tenía que meter una marcha más. Cubrí rápidamente los últimos metros hasta situarme a la altura de unos alisos completamente secos y desnudos que los elanios acostumbraban a utilizar como oteaderos naturales.

Una distancia de 50 metros me separaba de los árboles. Distancia que debería acortar si quería obtener buenas imágenes de los animales. Pero entre ambos se interponía un obstáculo difícil de salvar. Una finca, en aquel momento en desuso, que meses atrás había sido sembrada de maiz.

Pico picapinos observado aquel 28 de febrero en Valença. //Manu Sobrino

No me quedaba más remedio que atravesarla. Ya lo había hecho otras veces. Alcé la mirada dispuesto a avanzar. Lo que vi entonces no se me olvidará mientras conserve la memoria. Un precioso lagarteiro, probablemente el mismo de antes, se disponía a dar buena cuenta de la presa que acababa de capturar.

No me podía creer lo que estaba viendo. Nervioso, desenfundé la cámara que todavía guardaba en la mochila. Ni siquiera las alegres canciones que sonaban a través de la megafonía de alguna fiesta cercana consiguieron tranquilizarme. 

Por un momento se me pasó por la cabeza cruzar la finca para poder ver de cerca la insólita escena. Pero tardaría demasiado y con toda seguridad espantaría a la rapaz. Así que, con buen criterio, tomé la decisión de grabar desde lejos. 

Decisión que también tenía sus inconvenientes. Porque a las fuertes rachas de viento reinante y la considerable distancia, había que sumar otro factor que condicionaría notablemente la calidad de los vídeos: mi pésimo pulso en situaciones como esta. Temblando de pura emoción, a duras penas lograba mantener estable mi P900.

A pesar de todas las dificultades pude documentar con claridad los últimos instantes del banquete. Pero en esta ocasión prefiero que sean las imágenes las que hablen por mi:


Satisfecha y supongo que saciada, el ave echó a volar, dejándome por fin el terreno despejado para iniciar la agotadora y lenta aproximación. 

El listón estaba tremendamente alto. Sin embargo, disfruté siguiendo las evoluciones de un inquieto picapinos. Medio oculto entre hierbas y toxos, a pocos metros de los esqueléticos alisos, espiaba al trabajador carpintero. Y a juzgar por el aspecto de la corteza de los troncos, perfectamente cuarteada en todos ellos, el trabajo de estos pícidos era constante y estaba bien remunerado. En efecto, los 'petos' encuentran en los entresijos de la madera muerta los nutritivos invertebrados que constituyen la base de su dieta.

Otros protagonistas de la tarde fueron zorzales, urracas, pinzones, mitos, carboneros, mirlos, verderones, verdecillos... incluso un bonito y solitario avión común.

Caía la noche, dibujando en el cielo una de las puestas de sol más impresionantes que recuerdo. Volviendo sobre mis pasos ―perdón, sobre las huellas de mis neumáticos en la tierra― pisé de nuevo tierra firme. Era hora de marcharse. El canto monótono de la codorniz me acompañó en el trayecto de regreso al coche. Pero las veigas me reservaban una sorpresa más...

Eran dos siluetas conocidas, esbeltas, oscuras por la ausencia de luz. Con alas puntiagudas, de extremos sombreados. Era una pareja de elanios haciendo gala de su extraordinario dominio del medio aéreo. Aproveché la oportunidad para tomar algunas fotos antes de irme. Era, en definitiva, la guinda del pastel.

jueves, 9 de junio de 2016

El regalo de las profundidades

Un día de playa puede convertirse en una jornada inolvidable y enriquecedora. Como la de aquel 27 de junio, día de mi cumpleaños.

Sobre las rocas, una masa informe y de apariencia viscosa. Coloración rojo granate, o quizá marrón oscuro. Los rayos del sol incidían directamente sobre aquella extraña criatura, circunstancia que haría variar sin duda el tono de su "piel".

Jamás había visto nada igual. Desconcertado, no lograba "entender" la morfología del animal... ¿Dónde tiene la cabeza? ¿Y las extremidades? ¿Es un pez? Visto desde lejos y en un primer momento llegué a pensar que se trataba de un montón de algas apiñadas o alguna especie de planta marina. Pero lo que en un principio parecía un cuerpo inerte, conservaba todavía cierta movilidad.

Empujado por mi infinita curiosidad, no tardé en realizar varias fotografías con lo único que tenía a mano, mi teléfono móvil. Fotografías que compartí con mis amigos, quienes no dudaron en calificar al bicho de "feo" y "asqueroso". Para mi era un ser verdaderamente atractivo al que estaba deseando poner cara, y nunca mejor dicho... Quería identificarlo.

Pronto se desveló el misterio. A los poco minutos recibo un escueto mensaje: "Es una liebre de mar". A pesar de su nombre, la liebre de mar poco tiene que ver con los orejudos lagomorfos que todos conocemos. Es un molusco gasterópodo, y como tal, está emparentado con caracoles y babosas. Vive en aguas poco profundas, cerca de la costa, y no es raro que aparezcan algunos ejemplares arrastrados por las mareas.

Lejos de su medio, la liebre estaba condenada. Las alas o aletas que le permitían desplazarse dentro del agua resultaban inservibles fuera de ella. Era necesario sacarla de allí. Con cuidado, la cogí con una mano, ayudándome con la otra para arrastrarme y alcanzar así la orilla del mar. Satisfecho, la devolví al lugar del que jamás debió salir. Ahora estaba a salvo.

Con sus alas o aletas plegadas sobre su cuerpo, la liebre estaba
condenada a una muerte lenta pero segura //Manu Sobrino

viernes, 20 de mayo de 2016

Pros y contras de las redes sociales: la cigüeña que quería anidar en Pías

Hace más de veinte años de aquel trágico suceso. En la primavera de 1992 fueron localizados los cuerpos sin vida de la primera pareja de cigüeñas blancas (Ciconia ciconia) que logró criar con éxito en la provincia de Pontevedra. Más concretamente, en la parroquia de San Salvador de Budiño, concello de O Porriño. Una de las aves presentaba un fuerte golpe en la cabeza. La otra había sido abatida a tiros. El hombre ponía de esta forma punto y final a una bonita historia de amor que se iniciaba cuatro años antes, en 1989, año en que la feliz pareja visitaba la zona por primera vez.

Como si en lo más profundo de su memoria conservaran todavía vivo el recuerdo de sus congéneres asesinados, las cigüeñas no se han atrevido a nidificar de nuevo en el lugar. Tampoco en toda la mitad sur de la provincia, donde, por más que he buscado, no he conseguido encontrar referencia alguna a la reproducción de esta especie de Vigo para abajo. Galicia nunca fue destino predilecto para las cigüeñas. Pero esta situación está empezando a cambiar rápidamente.

En el Baixo Miño galego-portugués, la observación de estas aves ha pasado de ser un hecho aislado a convertirse en algo habitual entre los meses de marzo y septiembre. Las grandes zancudas aprovechan ambos márgenes de 'a raia' para descansar y reponer fuerzas antes de completar los últimos kilómetros de su migración. Destaca la cita registrada por Javier Barbi el 23/07/2015 en As Eiras (O Rosal), cuando un grupo de 11 cigüeñas en paso hizo un alto en el camino ante la incredulidad de vecinos y amantes de las aves.

La pareja que logró criar en la chimenea de una vieja fábrica de
O Porriño. En el recuadro, una de las cigüeñas abatida a tiros.
//Jesús de Arcos/Agustín Ferreira/ANABAM

En lo que va de 2016, han sido dos los individuos que nos han visitado. La noticia me sorprendió en plena feria de San Gregorio, festividad que marca el inicio de la primavera en la parroquia de San Miguel de Tabagón, O Rosal. La pareja de cigüeñas ―según me contaron mientras degustaba un sabroso polbo a feira― había sido vista sobrevolando los numerosos puestos de artesanía y comida tradicional que salpicaban las calles del pueblo, dejando boquiabiertas a decenas de personas.

Pero no sería hasta pasados 15 días, el domingo 27 de marzo, cuando yo mismo tuve la ocasión de fotografiar a uno de los miembros de la pareja cruzando el cielo, no lejos del sitio donde habían sido observadas dos semanas antes. La historia se repetiría varias jornadas más tarde, prácticamente a la misma hora ―sobre las 12 del mediodía― y en el mismo punto.

Las observaciones se iban sucediendo una tras otra. Las blanquinegras y ciertamente queridas aves estaban en boca de todos. En cualquier lugar, a cualquier hora, en cualquier momento había alguien con un teléfono móvil presto a compartir las andanzas de nuestras protagonistas. Yo mismo llegué a recibir alguna de esas fotografías que no tardaron en "volar" de terminal en terminal a velocidad de vértigo. Yo mismo, por supuesto, quise hacer partícipes a mis amigos del gran acontecimiento. Las cigüeñas eran bienvenidas. Aquí no serían recibidas por la bala y el plomo.

Grupo de 11 cigüeñas fotografiado el 23/07/2015 en O Rosal //Javier Barbi

Mientras tanto, pasaban las semanas, y las dudas empezaban a surgir. ¿Habrán venido, por fin, para quedarse? Su fijación por un determinado territorio era verdaderamente sospechosa... ¿Estarán buscando emplazamiento para el nido? Y por encima de todo, una incógnita, un deseo. ¿Criarán?

El mes de abril fue un mes de ausencia. Tanto es así, que llegué a pensar que se habían marchado. La única pista sobre su paradero me la proporcionó una chica que afirmaba haberlas visto aguas abajo, en la marisma de Salcidos, a la altura de uno de los observatorios de aves. No sé muy bien porqué, pero no le di demasiada credibilidad a su testimonio. "Las habrá confundido con garzas", pensé. En realidad ya las daba por perdidas. Toda mi atención se centraba ahora en una pareja de aguiluchos laguneros que se afanaban en construir un nuevo hogar para su futura descendencia.

Pero la historia no se acaba aquí. Lo mejor aún estaba por llegar. El lunes 2 de mayo recibí vía WhatsApp una imagen cuanto menos curiosa. La instantánea mostraba a una cigüeña encaramada a lo alto de una palmera afectada por la invasión del picudo rojo, escarabajo tristemente conocido por todos. Era la captura de pantalla de una fotografía que había sido publicada en Facebook unas horas antes. Al día siguiente me llegaba información más detallada: "As cigüeñas polo que me dixeron levan uns días movéndose polas palmeiras do pueblo. Unha está o lado da praza de Pías". El remitente de este mensaje era mi amigo Oscar.

Cigüeña fotografiada el 27/03 en San Miguel de Tabagón //Manu Sobrino

No podía dar crédito a lo que estaba leyendo. Como comentario a la fotografía, además, se apuntaba la posibilidad de que nuestra amiga hubiera elegido el árbol enfermo y despojado de hojas como plataforma ideal para levantar su nido.

Con ilusiones renovadas, retomé la búsqueda de las aves. La mañana del miércoles salí muy temprano a su encuentro. Tras recorrer y examinar palmo a palmo cada calle, cada finca, cada jardín y sobretodo cada palmera, finalmente tropecé con una prácticamente idéntica a la que buscaba. Su ubicación no era fruto de la casualidad. Estaba a escasos 50 metros de la plaza en la que todos los años se celebra la ya referida feria de San Gregorio, ¿recordáis? Las piezas comenzaban a encajar...

El calor era insoportable. Desde la única porción de sombra que que pude encontrar, a los pies de la casa en cuyo interior se alzaba el enorme fuste, me dispuse a esperar en completo silencio. La primera en aparecer fue una de las inquilinas de la vivienda, una señora mayor. Extrañada por la presencia de un chico en silla de ruedas y cámara al hombre, no dudó en preguntar:

"¿Ves a ver a cigüeña mozo?". Asentí, sorprendido por el acierto de la anciana.

"Hoxe non veu ainda, e a esta hora xa non creo que veña", respondió con seguridad.

Una de las imágenes que circuló por las redes sociales.

Lamentando mi mala fortuna, continué escuchando a la amable mujer:

"O domingo estuvo todo o día enriba da palmera, pero xa fai dous días que non aparece. Hoxe xa non creo que veña", insistía. "O domingo estaba todo isto cheo de coches e de xente facente fotos. Mesmo o meu neto fíxolle unha chea delas desde esa ventana. ¡Fíxolle unhas fotos preciosas!", comentaba con gran entusiasmo, al mismo tiempo que señalaba con el dedo una de las ventanas del domicilio, que distaba apenas diez metros del tronco.

Preocupado por lo que estaba escuchando, intervine rápidamente:

"O mellor por iso marchou e non volveu, ¿non? O mirar tanta xente e escoitar tanta ruido ighual se asustou".

"Claro, seghuramente que si", admitió ella, algo apenada...

Por si lo que estaba oyendo no fuera suficientemente increíble, lo que me faltaba por oír era todavía más asombroso:

"Xa levaba vindo uns cuantos días seghuidos, e o domingo estuvo ata as dez da noite. Pero hoxe xa non creo que veña".

Los gorriones comunes eran los únicos ocupantes de la palmera aquel
miércoles 4 de mayo... //Manu Sobrino

Hacía hincapié una y otra vez en esta última frase. A mi ya me había quedado meridianamente claro que este no iba a ser mi día de suerte.

"Mirei como facía así co pico, 'cro-cro-cro-cro-cro' (imitaba el peculiar sonido que producen las cigüeñas al chocar la mandíbula superior con la inferior, conocido como 'crotoreo'). "Incluso mireina traer ramas moi ghrandes no pico. As levaba no pico e as pousaba na palmera. E sempre viña desde este lado", ―explicaba señalando en dirección norte―. "Seghuramente quería facer o niño ahí. Hasta non sei se poría un ghuevo ahí arriba". Evidentemente, este extremo era difícil de probar.

"Levaba xa un mes volando por aquí. Non, un mes non, mes e medio", rectifica. Estimación que coincide en el tiempo con las primeras citas de la especie que yo recogiera. "Estaría buscando sitio pro niño", añadí.

Sin nada más que decir, la abuela entró en su domicilio. Poco después vuelve a salir para espetarme la maldita cantinela. "Hoxe xa non creo que veña. O domingo a esta hora xa estaba aquí". En total, más de dos horas y media de infructuosa vigilancia.

Pareja de gorriones apareándose en los entresijos del tronco //Manu Sobrino

No podía dejar de pensar en la oportunidad perdida de documentar la nidificación de una pareja de cigüeñas por vez primera en la comarca...

Pero, ¿realmente la huida del animal se debió al estrés provocado por la afluencia masiva de curiosos? Todo hace indicar que si. No sería la primera vez que esto sucede.

La época de cría es el período más crítico en la vida de cualquier ser vivo, por muy bien que este tolere la proximidad del hombre. Las aves no son una excepción. Necesitan tranquilidad y respeto.

No es el propósito de este artículo buscar culpables. Todos deberíamos hacer un ejercicio de reflexión sobre las consecuencias de nuestros actos en la naturaleza. Sobre la conveniencia o no de difundir cierta información a través de las redes sociales. No basta con buenas intenciones.

Observo la palmera (o lo que queda de ella) por última vez. Entre las "escamas" de la parte alta, los gorriones comunes consuman su amor. Ellos también ponen todo su empeño en perpetuar su estirpe. Con sus gritos, su constante ir y venir, compensan y recompensan de alguna manera mi esfuerzo por encontrar a las cigüeñas. Quizá también se pregunten porqué ya no les acompaña su elegante y esbelta vecina...

viernes, 6 de mayo de 2016

¿Un saltamontes rosa?

Os prometo que la imagen que aparece bajo estas líneas no está retocada. No hay truco. Ni gota de Photoshop. Es un saltamontes rosa. Tal cual, como lo veis. La naturaleza es así. Cuando crees que ya lo has visto todo y que nada te puede sorprender, algo nuevo y maravilloso se presenta delante de ti.

Era un 31 de agosto de 2015. El sol descargaba con fuerza sobre las fértiles veigas de Valença do Minho, en Portugal. Agotado tras una larga y entretenida tarde de espera al elanio común, me dispuse a atravesar un campo de maíz para coger mi coche y regresar a casa.

Pero antes de adentrarme en el "bosque" de millo, todavía en terreno despejado, algo que destacaba sobre la verde alfombra de hierba llamó poderosamente mi atención. Era un insecto. Un llamativo insecto. Tuvo que dar el bicho un par de saltitos para que cayera en la cuenta de que se trataba de un pequeño saltamontes.

Recuerdo que pensé que quizá perteneciera a alguna especie en la que esa coloración resultara la regla, y no la excepción. En cualquier caso, sabía que estaba ante algo raro y poco común.

Intenté fotografiarlo desde mi silla de ruedas, pero enseguida me di cuenta de que no sería tarea fácil. Todas las imágenes salían malas y desenfocadas. Decidí entonces echar directamente cuerpo a tierra y acercarme todo lo que el modo macro de mi Coolpix L820 me permitiera.

Saltamontes rosa fotografíado en Valença do Minho (Portugal), el 31.08.15

Para mi sorpresa, el animal no se inmutó lo más mínimo, a pesar de tener el objetivo de la cámara apuntándole a escasos centímetros. Así estuvo durante varios minutos, completamente inmóvil y aparentemente tranquilo. Circunstancia que aproveché yo para sacar el mayor número de fotos posible. Así podría echar mano de ellas en caso de que alguien pusiera en duda la veracidad de mi observación.

Ya en casa, descubrí que me había tocado la lotería, ya que al parecer, esta anomalía cromática en los saltamontes ―que estaría causada por un gen recesivo― sólo se da en 1 de cada 500 individuos.

En la web ALLPE Medio Ambiente podemos leer lo siguiente: [...] Esta coloración en los saltamontes fue descrita por primera vez en 1887. [...] Los científicos piensan que esta variación, muy rara, en la coloración de los saltamontes es debida a un ensayo adaptativo de la naturaleza que los hace muy visibles pero poco apetecibles para sus depredadores. [...]

¿Estrategia evolutiva o mutación sin sentido? El tiempo y la selección natural lo dirán. Lo único cierto es que el color rosa en la naturaleza no sólo es cosa de panteras de dibujos animados.